lunes, 5 de septiembre de 2011

Las 70 semanas de Daniel 1 Parte





El reloj profético del Dios bíblico va acompañado de una brújula.
  Estos dos elementos permiten que los creyentes en la Biblia como revelación puedan orientarse en cuanto a los tiempos del fin y acerca del lugar donde ocurrirán ciertos eventos que se muestran como puntos de referencia.  El libro de Daniel es uno de esos libros que contienen profecía referida para los tiempos del fin, no obstante que ese sea un libro histórico y no profético, según el catálogo de los elaboradores del canon.  Pero así como los Salmos de David contienen profecía sobre el Mesías y sobre otros eventos del porvenir, otros libros ´ no proféticos ` contienen también profecías que son de gran relevancia.
En el capítulo 9 de Daniel se dice que el profeta se encontraba hablando y orando, y confesando su pecado y el de su pueblo, cuando el varón Gabriel fue a él en la tarde.  Gabriel le hizo entender dándole sabiduría y entendimiento.  La profecía es contundente, pues se anuncia un determinado tiempo para el pueblo de Daniel (Israel) y para su ciudad (Jerusalén).  Recordemos que al inicio del capítulo 9 Daniel se encontraba mirando en los libros el número de años que duraría el castigo de Jerusalén, anunciado por el profeta Jeremías. 
Haciendo la plegaria, porque ya sabía que el tiempo de la finalización de ese castigo pronto terminaría, Daniel fue escuchado; pero por el hecho de ser muy amado le fue enviada una revelación especial acerca de su pueblo y de Jerusalén, aunque también acerca de una serie de eventos que tendrían lugar en relación con su pueblo y con su ciudad amada.  Esos eventos nos interesan a nosotros los habitantes del planeta, independientemente de que no seamos Israelitas ni que vivamos en Jerusalén.  Y es lógico el interés por cuanto lo que allí acontezca no será un evento aislado del resto del planeta, pues aunque parte de la profecía ya ha sido cumplida la parte final será cumplida en base a una serie de acontecimientos históricos en los cuales parece que estamos viviendo.
Dice Isaías ¿Quién oyó cosa semejante? ¿quién vio tal cosa? ¿Concebirá la tierra en un día? ¿Nacerá una nación de una vez?  Pues en cuanto Sión estuvo de parto, dio a luz a sus hijos  (Is. 66).  En el año de 1948 nace Israel con su propio territorio.  Es bueno recordar esta cita de Isaías para poder vincularlo con lo anunciado por Daniel.  Ese texto de Isaías se refiere a un evento que está incluido en la cadena de acontecimientos que tienen que ocurrir con precisión para que se cumpla toda la palabra dada a Daniel. 
Ya el profeta Zacarías en el capítulo 2 de su libro había anunciado que quien tocara a Israel tocaría a la niña de los ojos de Dios.  Y en el Génesis 12:3 aparece una declaración que va a marcar el destino de este pueblo hasta el final:  Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.  Dado que el Dios de la Biblia se manifiesta a sí mismo como un Dios de pactos, resulta de provecho entender que Él no cambia, por lo cual sus pactos jurados en su propio nombre se mantienen.  Muchos suponen hoy día que el Dios de Israel abandonó a Israel por la Iglesia.  La iglesia ha sido el producto de un nuevo pacto, y es parte de ese gran paréntesis que se deja ver en la declaración que escribe Daniel entre la semana 69 y la 70. El mismo Pablo en su carta a los Romanos advierte que Dios no ha desechado a su pueblo, refiriéndose a Israel, y agrega que al final de los tiempos todo Israel será salvo.  Por eso el pueblo de Israel sigue siendo una brújula y un reloj profético, a partir de los datos suministrados en la Biblia.
En la Biblia encontramos muchísimos pueblos y naciones en referencia a lo que Dios hace y a lo que hace con Israel.  Sin embargo, existen tres categorías generales de pueblo dentro de las Escrituras:  los Israelitas, los Gentiles y la Iglesia.  Estas categorías tienen que ver con el plan de salvación de Dios para con la humanidad.  Los primeros pactos fueron hechos con Israel.  Después se incorporaron los gentiles, pero dentro del nuevo grupo naciente que es la Iglesia.  Dentro de la iglesia todos somos iguales, en el sentido de que no hay judío ni griego, nadie es superior a otro y el que se crea más grande debe servir al más pequeño.  Es dentro de la iglesia que Dios hizo de los dos pueblos –el israelita y el gentil- uno solo.  Pero fuera de la Iglesia siguen vivos los pactos realizados con Israel, que son de obligatorio y necesario cumplimiento, pues están proyectadas muchas promesas tanto para los tiempos actuales como para los tiempos subsiguientes.  De manera que no es conveniente confundir ambos pueblos, el gentil (adherido con la iglesia, sabiendo que la iglesia incluye, además de a los gentiles a los judíos conversos) y el judío (de los viejos pactos).  Ambos pueden ser un solo pueblo dentro de la iglesia. Pero fuera de la iglesia, en la que continúan miles y millones de ellos, continúan bajo el efecto de los viejos pactos. 
Esta situación planteada se ve reforzada por la famosa semana 70 profetizada por Daniel, además de otras cuantas profecías del Antiguo y del Nuevo Testamento que refieren al tiempo en que Israel sería esparcido a través de las naciones, lo que se conoce como la diáspora judía en el mundo, y el tiempo en que serían llamados a ser de nuevo Israel, a ser esa nación que dejó de existir hace centenas de años pero que nació en un solo día, como dijera Isaías.  Cuando vemos estos acontecimientos históricos no nos podemos negar a admitir que esos viejos pactos siguen vigentes, pues de lo contrario esas promesas no se habrían cumplido.  Esto contraviene lo que algunos sostienen diciendo Dios abandonó a su pueblo, o lo trocó por la Iglesia.  Queda claro que aunque Dios hizo de los dos pueblos uno solo, lo hizo dentro de la Iglesia –donde no hay judíos ni griegos-, pero fuera de la iglesia los viejos pactos están vigentes para Israel, y el nuevo pacto está vigente mientras dure la iglesia en la tierra. 
Cuando vemos las noticias de los acontecimientos del mundo, a veces podemos observar a los judíos frente a su muro de los lamentos.  Están lamentando que el templo de ellos no esté construido.  Ese templo fue destruido en el año 70 d.C. bajo las tropas del general romano Tito. Desde esa época empezó la nueva diáspora judía hasta que hace pocos años comenzaron a retornar a su pueblo.  Pero los judíos rabinos y los de la religión judaica visten de negro frente al muro de los lamentos.  Están de luto porque no tienen todavía el templo.  Ese templo, que era el famoso templo de Salomón, reconstruido después, subyace en ruinas en el terreno de una mezquita, llamada la mezquita de Omar o mezquita de la Roca.
Pedro dice que la profecía de la Escritura no es de interpretación privada, pues ella no fue traída por voluntad humana, sino que los profetas hablaron inspirados por el Espíritu Santo.  Pablo nos exhorta a no menospreciar las profecías.  Estas dos observaciones hechas por dos apóstoles nos animan a intentar acercarnos al sentido de esos anunciados eventos del porvenir, de un porvenir no muy lejano sino inmediato. 
Han dicho: Venid, y destruyámoslos para que no sean más nación, y no haya más memoria del nombre de Israel (Salmo 83: 4); este salmo parece ser una profecía que se está cumpliendo actualmente, en pleno siglo XXI.  En Oseas 3: 4-5 encontramos escrito:  Porque muchos días estarán los hijos de Israel sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin estatua, sin efod y sin terafines. Después volverán los hijos de Israel, y buscarán a Jehová su Dios, y a David su rey; y temerán a Jehová y a su bondad en el fin de los días. Y más adelante nos dice:  Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará. Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él (Oseas 6: 1-2).  Recordemos a Pedro cuando nos dice que para el Señor un día es como mil años, y mil años es como un día.  Esos muchos días del profeta Oseas son dos mil años, y al tercer día, volverá a la vida. En Cristo se cumplió esta profecía, pues resucitó al tercer día, pero es considerada una profecía de doble cumplimiento, por cuanto se habría de cumplir en el pueblo de Dios (Israel), después de 2.000 años de dispersión y alejamiento de Dios.  El mismo profeta Oseas había vaticinado: Andaré y volveré a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro. En su angustia me buscarán (Oseas 5:15). El hecho de que Oseas haya dicho que buscarán a David su rey hay que entenderlo en el contexto en que Jesús es llamado hijo de David, pues desciende de él. De allí que se haya dicho que el trono de David no tiene fin.
¿Qué significa el término semana?  Como una semana consta de siete días, a nosotros nos parece poco tiempo hablar de siete semanas.  Sin embargo, para los hebreos las semanas pueden ser de siete días o de siete años.  Por el contexto en que fue dada esta profecía, y por las fechas en que se ha cumplido gran parte de esta profecía, hemos de entender que se trata de semanas de años.  70 semanas de 7 años cada una, lo cual da un total de 490 años.  No obstante, lo establecido para tu pueblo y la ciudad santa no está pautado que suceda en un período de 490 años continuos.  La profecía está estructurada de tal forma que tres renglones de tiempo se marcan en ella como señal de ciertos eventos que nos habrán de orientar en el campo profético. 

Las 70 semanas de Daniel 2 parte




Veamos cómo está estructurado este período de tiempo de las setenta semanas de Daniel.
  Es interesante observar que existen tres renglones, o tres separaciones en las 70 semanas.  Se habla de 7 semanas, 62 semanas, y 1 semana.  Alguna lógica debe tener esta estructuración que a simple vista no pareciera ser un capricho del ángel, ni de Daniel, ni mucho menos de Dios.  Primero que nada debemos tener presente que la inquietud de Daniel gira en torno a lo que habrá de acontecer a su ciudad amada y a su pueblo muy querido.  Esa inquietud se pone de manifiesto cuando el mismo Daniel nos relata que estaba estudiando en los libros del profeta Jeremías acerca de las desolaciones que habría de padecer Jerusalén, por un lapso de 70 años, y que estaban a punto de concluir.  En Daniel 9:25 el varón Gabriel comienza a estructurar el conjunto de las 70 semanas.  Nos dice que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas. Nuestra pregunta lógica es ¿por qué razón Gabriel no integró de una vez las 7 semanas con las 62 semanas, diciéndonos sencillamente 69 semanas?  La respuesta podría estar en que el primer período de 7 semanas marca algunos eventos de importancia tal que se separan de otros eventos que también tienen relevancia enorme, pero que se habrían de cumplir en el período subsiguiente de las primeras siete semanas.   Además, podríamos inferir que este hecho de separar las 7 semanas de las 62 semanas siguientes anuncia que el tercer período del tiempo pautado para el pueblo de Daniel y la ciudad santa, las semana final de la profecía, tiene eventos marcados como trascendentes.
La historia nos muestra que Ciro, el rey de Persia, conquistó Babilonia poco después de que Gabriel diera su anuncio a Daniel.  Eso también está profetizado en el libro de Isaías 45:1-7, pues Ciro haría una obra de liberación al pueblo de Dios al permitir el retorno de los exiliados.  Y en el año 536 a.C. Ciro dio la orden para el inicio de la reconstrucción del templo de Jerusalén.  En el libro de Esdras, capítulo 1 vemos que se dice que En el primer año de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, despertó Jehová el espíritu de Ciro rey de Persia, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito por todo su reino, diciendo:…Jehová el Dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén, que está en Judá.  Pero ese despertar de Jehová fue el inicio preparatorio para  que el pueblo judío se fuese animando poco a poco.  Lo demuestra el hecho de que posteriormente hubo dos decretos más que se ubicaban en el mismo sentido.  No obstante, cada decreto era una especie de recordatorio y de acatamiento del anterior decreto y se referían fundamentalmente al templo.
Esos otros decretos fueron registrados también en el libro de Esdras, capítulos 6 y 7.  Uno fue promulgado por Darío (cap. 6) y el otro por Artajerjes (cap. 7). Estos decretos permisaban la reconstrucción del templo pero no hablaban de la reedificación de la ciudad.  Si nos fijamos en lo que dice Esdras en el capítulo 4, veremos que los judíos habían empezado la reconstrucción de la ciudad, pero sin permiso real, asunto que les valió la suspensión del permiso otorgado para reconstruir el templo.  De esta forma quedan descartados estos tres decretos como marcadores de la fecha de inicio del cumplimiento de las setenta semanas proféticas. 
Pero es Nehemías en capítulo 2:1-8 quien registra el decreto de Artajerjes, hecho en su vigésimo año de gobierno, en el cual se concede, por primera vez –si comparamos con los tres decretos precedentes- el permiso para la reedificación de la ciudad de Jerusalén. Es este decreto el que marca la fecha del inicio de las setenta semanas, y se encuentra ubicado en el año 445 a.C., precisamente en el mes de Nisán judío, equivalente al mes de Marzo.  Según los historiadores y cronólogos seculares –no eclesiásticos ni judaicos- este decreto persa fue promulgado el 1 de Nisán, o lo que es lo mismo el 13 de Marzo. 
La manera de contar y calcular los años, meses y días es muy distinta en nuestro calendario gregoriano –su nombre obedece al interés de cambiar la forma de contar el tiempo propuesta por un Papa llamado Gregorio.  En vez de seguir contando el tiempo bajo el criterio de años lunares de 360 días se pasó a años solares, de 365 días.  Por supuesto que para saber con exactitud la variación del tiempo en este cambio del calendario hay que acudir a los servicios astronómicos de expertos.  La fecha exacta del decreto calculado por los expertos astrónomos es el 13 de Marzo de 445 a.C. a las 7 horas y 9 minutos de la mañana.  El hecho de que el día trece ya hubiese comenzado –pues ya llevaba 7 horas y 9 minutos ubica al 1 de Nisán en el día 14 de Marzo. 
Si hacemos un ejercicio práctico para saber de lo que estamos hablando, podemos mirar nuestro reloj.  Digamos que son las 12 del mediodía.  El segundero echa a andar y el minutero también.  Ya han recorrido los minutos que usted quiera, pueden ser 12 minutos.  Esos minutos no pertenecen a las 12 sino a las 13, es decir, a la hora siguiente.  En un reloj con hora militar, el tiempo es medido en 24 horas continuas.  Por lo tanto, después de las 12 viene la hora 13.  El tiempo que transcurre entre las 12 y las 13 pertenece realmente a la hora 13.  Es por ello que el 13 de Marzo de 445 a.C. cuando son las 7 horas y 9 minutos de la mañana, ese tiempo recorrido estaría ubicado en el día 14.
Debemos tener claro que este decreto relatado en Nehemías es el único que permite la reconstrucción de Jerusalén.  Nehemías era el copero del rey y en su trabajo, sirviéndole vino al rey, éste observó su tristeza. Nehemías aprovechó para decirle al rey que su tristeza radicaba en el hecho de que su ciudad, la de los sepulcros de sus padres, estaba desértica, y sus puertas consumidas por el fuego.  El rey entonces le preguntó a Nehemías qué cosa era la que estaba pidiendo, pues insinuaba muy sutilmente al argumentar que esa era la causa de su tristeza. Nehemías aprovechó la ocasión para orar a Dios, antes de responder al rey, quizás mentalmente, no sabemos cómo.  Inmediatamente de haber orado pidió al rey ser enviado a Judá para reedificarla.  Y después de haberle respondido al rey cuánto duraría el viaje junto con los trabajos, el rey aceptó y le envió.  Siguió Nehemías pidiendo al rey salvoconducto para con los gobernadores del otro lado del río, así como una carta para Asaf, el guardabosque del rey, para conseguir la madera que necesitaba para tal trabajo.  El rey se complació en la petición de Nehemías, según la benéfica mano de Jehová puesta en Nehemías.
El decreto nació allí y con ese decreto nacía el conteo regresivo de las setenta semanas reveladas a Daniel, setenta semanas determinadas sobreel pueblo de Daniel y sobre la santa ciudad de Daniel (Jerusalén) para terminar la prevaricación, poner fin al pecado, expiar la iniquidad, traer la justicia perdurable, sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.  La manera en que están propuestas y desglosadas las setenta semanas, en siete, sesenta y dos y una semana, tiene también el significado de querer mostrarnos que en esos períodos particulares de tiempo se deben cumplir una serie de eventos que conducirán inevitablemente a otros eventos.  En otros términos, lo que se cumpla en las primeras siete semanas tendrá su influencia en lo que se cumpla en las sesenta y dos semanas siguientes.  Cumplidas ya las sesenta y nueve semanas queda una semana pendiente, que no es continua.  Tiene su explicación particular entre otras razones porque fue subrayada por Jesucristo mismo, cuando hizo referencia a la profecía de Daniel diciendo el que lea entienda.  Pero hay más, si Gabriel hubiese dicho que habrían 70 semanas para terminar la prevaricación y todo lo demás que dijo, y no hubiese desglosado las mismas en 7, 62 y 1, entonces estaríamos confundidos en cuanto a su cumplimiento, y en cuanto a cuándo se ha estado cumpliendo.  El solo hecho de haber reservado una semana, la última, en un desglose particular, a la que se refiere el verso 27 de Daniel 9: Y por otra semana confirmará el pacto con muchos (el príncipe que ha de venir del verso 26), supone un período de tiempo distanciado de lo anterior.  Un príncipe que ha de venir, como dijo Jesucristo, la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel, el que lee entienda, está ubicado en esta semana setenta.  Ese mismo príncipe sigue siendo anunciado en el libro de Juan, el Apocalipsis.  El período de tiempo es el mismo, siete años, divididos en dos partes, tres años y medio y tres años y medio, porque en cada subperíodo de la semana setenta habrá de acontecer un conjunto de cosas muy particulares.
La Biblia se nos presenta en forma interesante y muchas veces sus profecías han sido escritas para que se puedan comprender en un tiempo determinado y no necesariamente en todos los tiempos.  Por ejemplo, hay una profecía dicha a Daniel en la que se le dice sella estas cosas hasta el tiempo del fin, e inmediatamente se marcan los acontecimientos de ese tiempo del fin en que se comprenderá la profecía.  Jesucristo mismo hablaba que él utilizaría las parábolas para que la gente que no ha de entender no entendiese.  Pero dijo que a nosotros, sus hijos, nos hablaría claramente, lo cual quiere decir que entenderíamos. 
Sucede que cuando entendemos los eventos relatados en las profecías de Daniel comprendemos en forma total las cosas dichas para los tiempos finales.  Pero a veces tenemos que hacer un esfuerzo intelectual por comprender los eventos históricos que acontecen en las cercanías de los tiempos del cumplimiento de lo profetizado.  Ese esfuerzo intelectual, como apoyarse en datos históricos, en datos de la ciencia astronómica –para determinar lo que es un año lunar y diferenciarlo de un año solar, por ejemplo-, es parte del imperativo de Jesucristo cuando nos dijo: el que lee entienda.  Debemos entender y eso implica realizar un esfuerzo por comprender.  Pero de igual forma no podemos esperar que todos estén de acuerdo con lo que hayamos comprendido, pues si bien la Escritura no es de interpretación privada, sino que ha de ser una sola dentro del pueblo de Dios, no todos los que dicen estar en el pueblo de Dios son parte del pueblo de Dios.  Juan nos dice que muchos han salido para comprobar que no eran de nosotros.  Por otro lado la profecía no fue dada para el mundo, para el no creyente.  La profecía fue dada como una orientación, reloj y brújula en la vida de los creyentes.  El mundo siempre tendrá un argumento con el cual ellos mismos se disuaden para no ver la mano del Todopoderoso.  Dirán que esos son acontecimientos propios del devenir histórico, pero no verán en ellos ninguna Providencia dirigiendo el mundo hacia un destino trazado.  De allí que las profecías pasan a ser un mapa en la mano del creyente, para buscar consuelo y esperanza en medio de nuestro tránsito hacia el hogar celestial, ya que nuestra ciudadanía está en los cielos.